Todo fuego que arde con intensidad tiene origen en una chispa. Desde algo pequeño pero intenso puede nacer una energía vital, un espíritu que se vuelve imparable. Y cuando esa energía —la de personas con valores y convicciones— se canaliza en acciones solidarias que ayudan y acompañan, su valor es incalculable.
El 5 de marzo de 2022, un pedido de Noelia, la mamá de Ricardito, desde un paraje inhóspito del noroeste cordobés, fue el chispazo del sueño que hoy se llama Goodwill.
«Acá donde vivimos no tienen noción de las cosas que necesitamos. Estaría muy agradecida si me pudieran ayudar.»
Aquellas palabras, acompañadas por el canto de los grillos, resonaban en el silencio ensordecedor del monte. La respiración de Ricardito en ese audio era un mensaje directo al corazón, y también el inicio de un pacto con todas las personas que esperan una mano. En ese momento se extendió una mano firme, que no está dispuesta a ceder.
De la fragilidad a la sonrisa
Ricardito llegó con una desnutrición severa y necesidades complejas de cuidado. Al principio estaba dormidito, somnoliento, apagado. La Fundación se puso en marcha: una nutricionista se involucró de lleno, Fabián le enseñó a la familia los cuidados respiratorios del día a día, Analía ayudó con la gestión de insumos y pañales, y se acompañó a Noelia y a Ricardo también desde lo humano y lo psicológico.
Con el correr de los meses, la evolución fue transformadora. Ricardito empezó a despertar, a conectarse, a interactuar. Y un día, empezó a sonreír. Esa sonrisa fue la prueba de que ninguna distancia es demasiado grande cuando un equipo entero decide sostener a una familia.
De aquel primer pedido nacieron los viajes sanitarios de Goodwill. Ricardito fue el paciente que hizo que todo suceda: la chispa que encendió una red de profesionales, voluntarios y familias que hoy sigue creciendo.